Categorias
· Incesto
· Infidelidad
· Intercambios
· Lesbianas
· Maduras
· Orgias
· Polvazos
· Sexo Virtual
· Voyeurs
· Fantasias
· Gays
· In English

· Los + Votados
· Foto del dia
· Foros
· Enviar Relatos
· Incluir en Favoritos
Últimos Relatos
· Todo sea por un amigo
· Los cuatro
· Una buena amistad pe...
· Viaje a La Paz
· La venganza de ana y...
Enlaces
· Putas
· Fotos porno
· Culos
· Francesas
· Sexo y ocio
· Porno
· Mujeres 10
· Relatos Porno
· Japonesas
· Borrachas
· Maduras gratis
· Jovencitas
· Galerias
· Follar en españa
· Asiaticas
· Web Cam Porno
· Hija de puta
· Sex Shop
· Vibrators
· Guarras
· Chicas desnudas
· Profesoras putas
· Cams porno
· Webcams Sexo
· Silvia Saint

Tu web
El escaparate
0 Comentarios · 427 veces leido · Imprimir
Quiero contarles una historia que me sucedió hace muy poco, por lo que conservo fresco cada detalle en mi memoria.
Soy un chico normal. Tengo novia desde los 19 (ahora tengo 24) y jamás me he sentido atraído por un hombre, ni siquiera por curiosidad.
Tuve que salir de viaje por negocios hace aproximadamente un mes. Tenía que solucionar unos problemas de ventas que traen a mi oficina de cabeza, y como soy el más joven y mejor orador de todo el equipo directivo, decidí presentarme sin avisar en las oficinas problemáticas para "insuflar" un poco de espíritu emprendedor en mis empleados. Nada más lejos de lo que me iba a pasar.
Al llegar a la oficina, después de varias horas de avión, me encuentro un espectáculo muy semejante a un motín. Los empleados dedicados al sano arte de hacer el vago, jugando al básquet con la papelera (que incluso habían decidido colgar en la pared para "darle más emoción al juego"), los ordenadores encendidos pero sin el programa de trabajo, que había sido descaradamente substituido por un shooter en red.
Ni que decir tiene que la bronca fue monumental. Más que insuflar ánimos me dediqué a fustigarlos sin piedad. No es que yo sea un mal jefe o un directivo autoritario. Me gusta que mis empleados estén a gusto (la oficina central es como mi casa y la gente es mi familia prácticamente) pero hay límites que no debemos sobrepasar. La mitad de la plantilla, promotores del motín, fueron despedidos en el acto. La otra mitad incentivada a terminar los trabajos en la mitad de tiempo o a perder el empleo.
Entre el cansancio del avión, el show de la oficina y la reprimenda y despidos, estaba descolocado. Decidí hablar con el coordinador de la zona y marcharnos a comer para poner los puntos sobre las íes, pero ya de manera más amigable (el coordinador y yo somos grandes amigos después de muchos años trabajando codo con codo). Nos encaminamos al restaurante, hablando de otras cosas que no fueran el trabajo: familia, como iban los niños, qué tal la señora... lo normal, ya que, como digo, antes que empleado-jefe somos amigos. En esto que, atravesando la calle, una callejuela estrecha, fea y sucia, reparo en una pequeña tienda de ropa. Más que en la tienda, en el escaparate.
Puedo jurar que era lo único que se veía en toda la calle. Una calle gris y siniestra y ahí, en medio, un pequeño escaparate todo forrado de rojo. Rojo vivo, rojo sangre... no sabría explicarles. Era un rojo tan llamativo que me quedé mudo por unos instantes.
Decidí acercarme. Necesitaba saber qué se vendía allí, qué era aquello que llamaba poderosamente mi atención. El escaparate estaba vacío. Completamente vacío salvo por unos jeans que levitaban gracias a unos hilos de nylon. El contraste de tantísimo rojo con aquel pantalón era sublime, parecía desconectar tu cabeza del universo para centrarte en el pantalón. Le dije a Carlos, mi amigo, que se marchara para el restaurante, que iba a entrar a ese cuartucho que se hacía llamar tienda para interesarme por el decorador del escaparate (y ya puestos, por los jeans, porque no he comentado que eran bastante bonitos), a lo que él accedió sin reparo.
Entré en la tienda. Era bastante luminosa, quizá en exceso para su tamaño.
Había algunos montoncitos de ropa en mesas, percheros cuidadosamente ordenados... había algo más. Toda la ropa, TODA, era blanca o negra. Ni rastro de los jeans. Saludé al dependiente, eché un vistazo por todo el recinto. Nada de color. Solo blanco y negro sobre paredes blancas. ¿Qué tipo de tienda es esta?.
Me acerqué al dependiente, un muchacho de unos 19 años, moreno de pelo largo y ojos grandes y oscuros. Vestía de rojo, el mismo rojo que el escaparate, o al menos muy similar. Era un chaval alto, más o menos como yo (1,82cm), delgado y asombrosamente pálido, por lo que sus ojos y pelo destacaban muchísimo en él.

- Esos vaqueros del escaparate, ¿cuánto cuestan? El chaval me informa que no están a la venta, que son un reclamo publicitario. Después de interesarme por la tienda, por los vaqueros, por el color de todo, comencé a indagar en la vida del joven. La idea del escaparate era suya y yo quería una mente tan creativa para mi empresa.
Resulta que Jonás, el dependiente, había concluido bachillerato y había decidido poner una tienda de ropa, pero algo que no se hubiera visto jamás.
Y este era el resultado de su esfuerzo. La conversación fue más larga de lo previsto, y comencé a notar que Jonás me miraba diferente. Agachaba mucho los párpados, se ponía cómodo en el mostrador, sonreía abiertamente. Yo pensaba que había sido por la oferta de trabajo o porque simplemente, un desconocido había ido a felicitarle por su escaparate.
Me marché. Llegaría tarde a la comida si no lo hacía, pero me rondaba la idea de volver a ver a Jonás esa misma tarde. Cuando concluyó la comida, bastante solemne por lo seria y peligrosa que estaba la situación de esa fracción de la empresa, volví a la tienda del escaparate rojo. Entré y saludé a Jonás como si ya fuéramos amigos.
Cuál no sería mi sorpresa al ver que tenía los jeans sobre el mostrador y el escaparate completamente vacío.

- Te has interesado tanto en ellos que he decidido sacártelos para que telos pruebes, si no te importa.
Al contrario. Ese pantalón tenía pinta de ser cómodo y yo empezaba a estar harto de la corbata y el traje. Accedí a probármelos. Los tomé del mostrador y me metí en probadores mientras seguía hablando con Jonás. Cuando cerré la cortina de los probadores, oí un "click". Luego sabría que Jonás habría echado la llave a la puerta para "tener más intimidad".
Mientras me probaba el pantalón, Jonás abrió la cortina del probador. Yo terminé de subírmelos rápidamente. Se acercó a mi y empezó a cerrarme la cremallera, despacio, y después de cerrarme también el botón, me dio la vuelta. Mientras hacía todo esto me comentaba que creía que me quedaban bien, que la talla era la adecuada. Me tocaba el culo diciendo "fíjate que bien te sientan aquí. Es un culo bonito y los pantalones lo realzan".Recorría mi pierna para mostrarme la costura (en hilo rojo), la forma en quese ceñían ligeramente al muslo....
No sé si era por el calor, por las caricias profesionales de Jonás, por la situación que estaba viviendo.... pero me estaba excitando. Jonás salió a buscar un cinturón para el vaquero y una camiseta para terminar el conjunto.
Al traérmelas, me colocó el cinturón (según la moda, decía) y aprovechó para rozarme el paquete, que dicho sea de paso ya empezaba a crecer a un ritmo alarmante).
Me pidió que me probara la camiseta también para ver el conjunto completo.
Así lo hice. Él me miraba mientras me desvestía y mientras hablábamos de ropa (es un tema que a mi me gusta mucho), de complementos y todo eso.
Antes de ponerme la camiseta se acercó y me paró.

- Tienes un pectoral muy bonito y creo que esa camiseta no te hará justicia.
Espera que te traeré otra -decía mientras me miraba el pecho sin demasiado vello (tengo la suerte de no tener mucho vello a mis 24, pero sé que eso acabará pronto).
Volvió con una camiseta negra más ajustada y me ayudo a ponérmela, como quien viste a un niño pequeño. Se situó detrás de mi y una vez puesta volvió a hacerme lo mismo que con el pantalón. Tocaba mis brazos para que viera cómo quedaba la manga, las costuras laterales, el corte del cuello...
En estas que mientras susurraba sobre ropa y me rozaba, yo me había calentado del todo y sin saber por qué. No me gustaban los tíos, no tenía razón para que mi pene estuviera tan latente, pero ahí estaba. Me dejé llevar. Con Jonás detrás mío, sólo tuve que desplazar las manos por detrás y agarrarle el trasero.

- A ti también te quedarían bien estos jeans. Tu también tienes un culo muy bonito y quiero vértelos puestos.
Cuando me los quité ya estaba como en trance, me los saqué despacio, sabiendo bien lo que hacía. Jonás me miraba con los ojos llenos de deseo y una vez tuve el pantalón fuera, se agachó y me arrancó el boxer para meterse todo mi miembro en la boca.
Era como una fiera contenida que esperaba a ver su presa salir para cazarla.
Comía como si fuera la última mamada que fuera a realizar, mientras su pelo rebotaba en su cabeza y su nariz en mi abdomen. Se tragaba mis 18cm como quien más que tener boca tiene un túnel. No daba señales de arcadas así que comencé a moverme para acompañar su ritmo. Me lamía los huevos, acariciaba mi mástil con su lengua y yo me sentía reventar. Lo que me comía la polla no era humano, era un Dios.
Mientras me comía entero se fue desnudando y me indicó que hiciera lo mismo.
Si no había puesto problemas en probarme todo lo que decía, tampoco los tendría en quitarme cuanto me ordenaba. Era delgaducho, pero por lo que vi, descompensado. Tenía un rabo enorme (no sabría decir la medida), muy carnoso, que masturbaba violentamente mientras me lamía. Me sentó en la silla de probadores, me abrió las piernas y, medio recostado, me indicó que me relajara. Comenzó a lamerme el ano. Es algo que jamás me habían hecho y jamás me han vuelto a hacer, pero es indescriptible. Disfrutaba de cada pasada de su lengua, de cada vez que me metía un dedo en el culo y seguía comiéndome la polla.
Tras veinte o treinta (quién lleva la cuenta?) minutos de exquisita felación dijo que no podía aguantar más y que quería que lo follara, que le reventara el culo (palabras textuales). Se agachó sobre el taburete y subido una pierna. He visto muchos culos en mi vida, pero puedo asegurar que aquel era perfecto. Redondito, blanquito y sin ningún pelo. Mi instinto fue hacer lo mismo que él había hecho por mi segundos antes, así que me agaché para lubricarlo bien con mi saliva. Disfruté. Gocé como nunca cuando me comí aquel precioso culo. Él no gemía, chillaba. Y yo estaba a punto de reventar.
Una vez que estaba bien lubricado me levanté y me puse tras él. Estaba estrecho, parecía que no iba a caber. Yo sólo preguntaba "¿estás bien? ¿Quieres que pare?". Él decía "No joder! Es el peor dolor del mundo pero fóllame!". Y poco a poco, entró entera. Se relajó y ambos pasamos de un dolor indescriptible al placer más absoluto. Tardé muy poco en correrme, ya que me tenía bien caliente. Acabé dentro de él, cosa que tampoco había hecho nunca con una chica, y disfruté de ello.
Luego se puso frente a mi y me pidió que le ayudara a acabar. Yo, que comenzaba a salir del trance, me opuse un poco, pero insistió y me puso de rodillas frente a él. La primera polla en mi boca. No podía tragármela entera, era demasiado grande. Entre mi inexperiencia y su tamaño, no creo que haya sido la mejor mamada que se haya podido hacer, pero él seguía gimiendo, gritando y bombeándome la boca.
Terminó en mi boca y yo tragué aquel néctar como quien bebe lo más delicioso del universo. No dejé escapar ni una gota. Hoy día, pienso en esto y me da un poco de asco, no sé qué pudo pasar por mi cabeza, pero en aquél momento me supo a gloria.
Nos vestimos y me pidió disculpas, que yo rechacé. Al fin y al cabo, había disfrutado tanto o más que él. Se acercó a la puerta, abrió, y mientras terminaba de vestirme Jonás me preparó una bolsa.

- Gracias. Y aquí tienes tu compra.
Sutil. Delicado. Como si nada hubiera acontecido, aunque su mirada era de cristal líquido y mis orejas del mismo rojo que el escaparate. Sonreímos, me besó en la boca (un pico rápido) y me dijo que ya me llamaría para lo de su puesto de trabajo en mi empresa si la suya dejaba de funcionar, tras lo cual nos despedimos y volví al hotel, a seguir con mi vida heterosexual como si nada hubiera ocurrido.
A día de hoy, no tengo noticias de Jonás. No he vuelto a excitarme con un tío, no me llaman la atención, aunque a veces pienso en volver a la tienda del escaparate rojo. No por el sexo, porque es algo que ya he probado y, me guste más o menos, no me atrae en demasía. Tampoco es por la ropa, pues la camiseta y el vaquero los conservo más como un regalo intocable que como prendas de vestir (que uso, pero muy poco). Quiero volver por Jonás, por saber qué ha sido del chaval blanquito de ojos grandes y negros como la noche. Y, ¿porqué no decirlo?, por el escaparate, para volver a deleitarmeese rojo tan intenso y esos místicos vaqueros que flotan con hilo de nylon.

Autor: Edward Mark

Valoración
Usted valoró esto como Muy Bien en 08-febrero-2008


Imponente! Imponente! 0% [No Hay Votos]
Muy Bien Muy Bien 100% [1 Voto]
Bien Bien 0% [No Hay Votos]
Regular Regular 0% [No Hay Votos]
Malo Malo 0% [No Hay Votos]
Mas que chistes
Registro
Usuario

Contraseña



¿Aún no es Usuario?
Click aquí para registrarser.

¿Olvidó su contraseña?
Pedir una nueva aquí.
Privacidad